EL MEDITERRÁNEO, ENCRUCIJADA DE CULTURAS, CUNA DE UNA CIVILIZACIÓN.

En pleno cruce de tres continentes, con cargas históricas enormes y con oleadas culturales extraordinarias, esa cuenca de dimensiones modestas, encrucijada de caminos y culturas, ha acumulado, a través de milenios, sedimentos culturales combinados de mil maneras. El Mediterráneo se ha ido construyendo tanto de encuentros y desencuentros, como de atracción y repulsión o de curiosidad e indiferencia, también de calmas y de violencias.

En pleno cruce de tres continentes, con cargas históricas enormes y con oleadas culturales extraordinarias, esa cuenca de dimensiones modestas, encrucijada de caminos y culturas, ha acumulado, a través de milenios, sedimentos culturales combinados de mil maneras. El Mediterráneo se ha ido construyendo tanto de encuentros y desencuentros, como de atracción y repulsión o de curiosidad e indiferencia, también de calmas y de violencias.

Lugar históricamente denso y complejo, el Mediterráneo es un periplo permanente. Periplo de ideas, de conocimientos, de personas que a lo largo de milenios ha ido catalizando buena parte de los progresos culturales que han conformado la civilización occidental, tal como la entendemos desde nuestra visión contemporánea. Geográficamente casi un mar cerrado, ha sido en cambio un crisol de culturas, de productos y de técnicas. Abierto para recibir e integrar tanto como para reexportar y difundir.

Esta realidad, probablemente única, es fruto de un mestizaje  incesante de personas y productos, de técnicas y elaboraciones. No hay que buscar un Mediterráneo “original”, en el que muchos se obsesionan y se pierden, no existe, sino un Mediterráneo “resultante”, dinámico, fruto de energías multiculturales propias y externas, predispuesto a aprender y a enseñar, a recibir y a ofrecer, recreado a diario, sin cesar.  Tampoco hay que buscar un Mediterráneo geográfico milimétricamente definido, puesto que el intercambio constante y milenario, que caracteriza esta cuenca produce unos límites más o menos difusos, más o menos saturados. Estas dinámicas milenarias han dejado huellas evidentes. Probablemente, la dieta constituya una de las más presentes, sólidas y permanentes. Como diría Fernand Braudel: “Viajar por el Mediterráneo es encontrarse el mundo romano en el Líbano, la prehistoria en Cerdeña, las ciudades griegas en Sicilia, la presencia árabe en España. Podría añadirse: encontrar un auténtico paisaje del desierto, un palmeral, en el mismísimo Elche.

Centro y a la vez la práctica totalidad del mundo conocido, para nuestra civilización, durante largo tiempo, el Mediterráneo permite reconocer las raíces comunes de nuestro bagaje cultural a la vez que preserva y mantiene la coexistencia de la pluralidad y de las particularidades. El Mediterráneo es tanto un mosaico de mil colores como una polifonía de muchas voces. Si su armonía, históricamente no ha sido fácil, encontrar denominadores comunes resulta más asequible.

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