LA DIETA MEDITERRÁNEA, MUCHO MÁS QUE UNA PAUTA NUTRICIONAL.

La antigua palabra griega díaita de la que deriva dieta, significa estilo de vida y esto es exactamente lo que es la Dieta Mediterránea. Mucho más que una simple pauta nutricional. Es un corpus cultural extraordinario que abraza a todos los pueblos de la cuenca mediterránea y que está constituido de paisajes, cultivos y técnicas, de mercados, de elaboraciones, de espacios y gestos culinarios, de sabores y de perfumes, de colores, de denominadores comunes y de diversidad, de tertulias y celebraciones, de leyendas y devociones, de alegrías y tristezas, de innovación tanto como de tradiciones.

La evolución de la humanidad está íntimamente ligada a la alimentación y en particular a la resolución de los problemas que se le han ido planteando, como la obtención de los alimentos, su preparación y conservación, el transporte o el intercambio y su consumo. Paralelamente se han tejido las relaciones y los simbolismos que un hecho tan importante como el de la subsistencia ha ido generando.

Este proceso no ha sido ni lineal ni uniforme. Su diversidad ha sido consecuencia de muchos factores. La cesta de alimentos utilizados, las soluciones técnicas, las preparaciones, los hábitos o los simbolismos son variadísimos. De hecho, la dieta, gesto esencial de una comunidad, es un elemento diferenciador de las comunidades y también el testimonio de una cierta manera de ser, de un cierto estilo de vida y de un paisaje determinado. No sin razón, Josep Pla (1897-1981), decía que la cocina de un país es su paisaje metido en una cazuela.

La antigua palabra griega díaita de la que deriva dieta, significa estilo de vida y esto es exactamente lo que es la Dieta Mediterránea. Mucho más que una simple pauta nutricional. Es un corpus cultural extraordinario que abraza a todos los pueblos de la cuenca mediterránea y que está constituido de paisajes, cultivos y técnicas, de mercados, de elaboraciones, de espacios y gestos culinarios, de sabores y de perfumes, de colores, de denominadores comunes y de diversidad, de tertulias y celebraciones, de leyendas y devociones, de alegrías y tristezas, de innovación tanto como de tradiciones. Todo ello condensado en la cocina, en el plato, en la mesa y, sobre todo, alrededor de la mesa. Porque en el Mediterráneo, probablemente como ningún otro lugar en el mundo, cualquiera de sus habitantes puede asociar un día significativo de su vida a una comida compartida.

El placer por compartir la comida tiene sus raíces en los balbuceos de la civilización de esta cuenca. De hecho, este placer se documenta ya con los primeros pueblos del Creciente Fértil y ello tanto ligado a la cotidianidad como a lo divino. En Sumeria, Babilonia o Asiria, la literatura mítico-religiosa ilustra ese tipo de disfrute, asociando decisiones divinas a banquetes. En el día a día, cualquier acuerdo relevante se cierra con una comida compartida que lo simboliza y es parte vinculante de un contrato escrito, como expresan documentos del segundo milenio: “comimos pan, bebimos cerveza y nos ungimos con óleos”. Más aún, compartir el alimento puede expresar la amistad o el amigo. En época neoasiria, “el hombre de mi sal”, designa el amigo, persona con la cual se ha compartido este alimento. Este placer, con toda su carga simbólica, religiosa o social, se manifiesta a lo largo de milenios por todo el Mediterráneo hasta nuestros días. Ancel Keys, el reconocido investigador americano y gran impulsor de la Dieta Mediterránea en las últimas décadas, concebía su propia vida como una larga experiencia en torno a la buena mesa.

No hay duda que en el Mediterráneo, cuando hablamos de ingredientes de su dieta, a la trilogía trigo, vid y olivo, a las legumbres, a las verduras, a las frutas, al pescado, a los quesos, a los frutos secos, hay que añadir un condimento esencial, quizás un ingrediente básico: la sociabilidad.

Solo un conjunto de pueblos y culturas que reserven un lugar privilegiado a los alimentos, en lo simbólico y en lo cotidiano, en lo divino y en lo pagano, como es el caso del Mediterráneo, puede haber producido tanta y tan variada literatura, en todas las épocas y rincones de la cuenca, de la que han participado grandes mentes de todos los tiempos y que lejos de estrictos recetarios, que también los ha habido en cantidad, ha supuesto verdaderos tratados que han abarcado desde la producción, pasando por la elaboración, preparación y conservación, hasta su presentación y consumo. Sin olvidar los textos sagrados de las diferentes culturas que se han referido a los alimentos y su paisaje, ni los que se han ocupado, desde la Antigüedad, de la relación de esta dieta con la salud y el bienestar. Nuestro propio santoral o el calendario están punteados casi semanalmente de alimentos o comidas asociadas.

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